Diálogo entre saberes: cuando la ciencia abierta escucha otras voces

La ciencia abierta no puede limitarse al acceso libre a publicaciones: necesita incorporar otras formas de conocer el mundo. El diálogo entre saberes —entre la ciencia moderna y los conocimientos tradicionales e indígenas— es un proyecto de justicia cognitiva que la Recomendación de la UNESCO de 2021 ha situado en el centro del debate.

La ciencia moderna se ha construido durante siglos sobre una premisa tan poderosa como excluyente: que existe un único método legítimo para producir conocimiento válido. Esa convicción ha generado avances extraordinarios, pero también ha dejado fuera del mapa epistémico a tradiciones milenarias de observación, experimentación y transmisión del saber que siguen vivas en comunidades indígenas, campesinas y locales de todo el mundo. El concepto de diálogo entre saberes nace precisamente de la necesidad de corregir esa asimetría.

Más allá de la inclusión simbólica

Hablar de diálogo entre saberes no es un gesto retórico ni una concesión paternalista desde la academia hacia los conocimientos tradicionales. Se trata de reconocer que existen múltiples formas de interrogar la realidad, cada una con sus propios criterios de validación, sus prácticas y su coherencia interna. Los saberes ancestrales sobre el manejo del agua, la rotación de cultivos, la farmacopea natural o la lectura del clima no son curiosidades antropológicas: son sistemas de conocimiento consolidados a lo largo de generaciones, puestos a prueba por la experiencia directa y transmitidos mediante mecanismos complejos de oralidad, ritual y práctica comunitaria.

El sociólogo colombiano Orlando Fals Borda fue uno de los primeros en articular esta idea con rigor académico, proponiendo una ciencia comprometida con las realidades locales y abierta a otras epistemologías. No se trataba de negar los logros del método científico, sino de enriquecerlo al integrarlo en un marco más amplio y diverso de producción de conocimiento. Décadas después, pensadores como Enrique Leff han profundizado en esta línea, señalando que el diálogo de saberes no busca consensos homogeneizadores, sino que se nutre precisamente del disenso y de la pluralidad como motor de transformación.

La Recomendación de la UNESCO: un marco normativo internacional

En noviembre de 2021, la Conferencia General de la UNESCO aprobó su Recomendación sobre la Ciencia Abierta, un instrumento de derecho internacional que, entre sus principios fundamentales, reconoce explícitamente la necesidad de integrar los sistemas de conocimiento indígenas y tradicionales en el ecosistema de la ciencia abierta. La Recomendación establece cinco pilares: el conocimiento científico abierto, las infraestructuras, la comunicación científica accesible, la participación de diversos actores sociales y, significativamente, el diálogo con otros sistemas de conocimiento.

Este último pilar es el que nos interesa especialmente. La Recomendación no propone una simple absorción de los saberes tradicionales por parte de la ciencia occidental, sino que insiste en que la apertura debe realizarse respetando los derechos de los pueblos indígenas a mantener el control sobre sus conocimientos. En este sentido, incorpora los principios CARE (beneficio Colectivo, Autoridad para controlar, Responsabilidad y Ética), que complementan a los conocidos principios FAIR para la gestión de datos, añadiendo una dimensión ética y de soberanía que resulta imprescindible cuando hablamos de conocimientos vinculados a territorios, comunidades e identidades culturales concretas.

Del concepto a la práctica: ejemplos que iluminan el camino

El diálogo entre saberes cobra sentido cuando se materializa en prácticas concretas. En la Amazonia colombiana, proyectos de investigación participativa han conseguido que niños de comunidades locales enseñen a científicos visitantes a nombrar las especies del río en sus lenguas, invirtiendo la dirección habitual de la transferencia de conocimiento. En Nuquí (Chocó), jóvenes de comunidades afrodescendientes han sido formados para tomar muestras de ADN ambiental, combinando técnicas de biología molecular con un conocimiento del territorio que ningún investigador externo podría replicar. Y en los Andes peruanos, el Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas (PRATEC) lleva décadas documentando cómo las comunidades altoandinas gestionan sus ecosistemas con una sofisticación que desafía la dicotomía simplista entre saber científico y saber popular.

Estos ejemplos no son excepciones folclóricas. Son la avanzadilla de un cambio de paradigma que reconoce que los grandes retos contemporáneos —la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, la crisis alimentaria— no pueden resolverse desde una única tradición epistémica. El conocimiento ecológico tradicional, acumulado durante milenios de interacción directa con los ecosistemas, aporta perspectivas que la ciencia experimental por sí sola no puede generar.

El reto pendiente: pasar del monólogo al diálogo real

A pesar de los avances normativos y de las experiencias prometedoras, el camino hacia un diálogo genuino entre saberes está lejos de ser sencillo. Persisten inercias coloniales en la práctica científica: la literatura académica sobre conocimientos indígenas sigue siendo escrita casi exclusivamente por investigadores formados en la tradición occidental, lo que convierte el diálogo en una vía de sentido único. Además, los marcos de evaluación científica —basados en publicaciones en revistas indexadas y métricas bibliométricas— no reconocen ni valoran las formas de producción y transmisión del conocimiento propias de las comunidades tradicionales.

Para que el diálogo de saberes deje de ser lo que Víctor Toledo llamó una «utopía realista» y se convierta en una práctica cotidiana, necesitamos transformaciones profundas en al menos tres niveles: en los métodos de investigación, incorporando enfoques participativos que reconozcan a las comunidades como co-productoras de conocimiento y no como meros objetos de estudio; en las políticas científicas, creando marcos normativos que protejan la soberanía de los conocimientos tradicionales al tiempo que faciliten su intercambio; y en las infraestructuras de la ciencia abierta, diseñando repositorios y plataformas que puedan albergar formas de conocimiento que no siempre se expresan en formato textual o cuantitativo.

Una ciencia abierta que merezca su nombre

Si la ciencia abierta aspira a ser algo más que un movimiento de acceso libre a publicaciones académicas, debe tomarse en serio la apertura a otras formas de conocer el mundo. No se trata de romantizar los saberes tradicionales ni de renunciar al rigor metodológico, sino de ampliar el espectro de lo que consideramos conocimiento legítimo y de crear las condiciones para que distintas tradiciones epistémicas puedan encontrarse en igualdad de condiciones.

El diálogo entre saberes es, en definitiva, un proyecto de justicia cognitiva. Y como todo proyecto de justicia, requiere no solo buenas intenciones, sino estructuras, recursos y voluntad política para hacerlo posible. La Recomendación de la UNESCO de 2021 ha puesto los cimientos normativos. Ahora corresponde a investigadores, instituciones y comunidades construir sobre ellos.