Existe todavía un prejuicio tenaz que asocia el acceso abierto con cierta dejadez formal, como si publicar sin barreras económicas obligara a renunciar al cuidado del oficio. La experiencia diaria en las revistas científicas demuestra justo lo contrario: cuando un texto se ofrece libremente al mundo, la maquetación deja de ser un detalle estético para convertirse en una declaración pública de seriedad.
El lector que abre por primera vez un artículo o un libro lo hace con los ojos antes que con la cabeza. Antes de leer una sola línea ya ha juzgado la jerarquía tipográfica, el equilibrio de los márgenes, la nitidez de las figuras, la coherencia de las leyendas. Esa primera impresión no es superficial; es la promesa implícita de que dentro hay también rigor metodológico. Una maqueta apresurada siembra dudas sobre la solidez del contenido aunque el contenido sea impecable. Una maqueta cuidada, en cambio, predispone a la lectura confiada y prolonga la vida útil del trabajo en bibliotecas, repositorios y citas.
En la práctica editorial cotidiana, la maquetación abarca decisiones que rara vez se enseñan en los másteres científicos pero que determinan la recepción de un texto. La elección de la familia tipográfica influye en la legibilidad de las fórmulas, los nombres latinos, los acentos diacríticos de los topónimos antiguos. El interlineado modula la respiración del párrafo: un cuerpo de texto comprimido fatiga al lector y dispara las tasas de abandono. La retícula determina cómo dialogan las tablas con el discurso, si las figuras flotan o quedan ancladas, si las llamadas a las referencias rompen el flujo o lo acompañan. Cada una de esas decisiones se acumula en la percepción de prestigio.
A esto se suma una capa menos visible pero igualmente decisiva: la infraestructura técnica. Una maquetación profesional contemporánea no termina en el PDF impreso. Exige producir simultáneamente XML JATS bien etiquetado, HTML accesible, metadatos completos para CrossRef, DOAJ y los agregadores. Sin ese trabajo invisible, el artículo se queda fuera de los flujos de indexación: no aparece donde debe aparecer y no se cita como se merece. Las revistas que descuidan esta dimensión se condenan a una doble penalización, porque parecen menos serias y, además, se vuelven menos encontrables.
Los sellos de calidad lo entienden bien. Los criterios FECYT, los requisitos de DOAJ para el sello de buenas prácticas, las exigencias de SciELO o de Latindex no son caprichos burocráticos: son listas razonadas de aquello que distingue a una publicación científica de un boletín informal. Y una parte sustancial de esas listas se refiere a la presentación. Maquetar bien es también abrir la puerta a esos circuitos de reconocimiento internacional sin los cuales el acceso abierto se queda en buena intención.
Hay, además, una dimensión ética que rara vez se nombra. Cuando una revista publica en acceso abierto está pidiendo a la sociedad que confíe en ella sin la mediación de un sello editorial comercial. Esa confianza se construye con transparencia metodológica, sí, pero también con respeto formal hacia quien lee. Una maqueta digna es una forma de decirle al lector anónimo, al colega de otro continente, al estudiante que llegará años después, que su tiempo importa. Es la versión editorial de aquella vieja idea arquitectónica según la cual la calidad del detalle es la prueba de fuego del conjunto.
El acceso abierto diamante, el que defendemos desde proyectos como este, no es un sucedáneo barato del modelo tradicional. Es, o aspira a ser, la forma más madura de comunicar ciencia: gratuita para autores y lectores, sostenida por instituciones y exigente en sus estándares. Y esa exigencia empieza, sin grandilocuencia, en la página bien compuesta.

